“Llegan los héroes”

1978. -Península Ibérica-

Ella: elegante, morena, esbelta y joven, con marcado acento español. Calzando zapato oscuro brillantes, con largos tacones agudos: María.

Él: rubio, alto y fornido, maduro y de peinado perfecto. Su barba desaliñada, ojos claros  y mirada profunda: Howard.

Entre la multitud, destacaban por entonces, por su altura media y atuendo.

Llegaron a la ciudad condal, Barcelona, como punto de partida de sus 3 meses de vacaciones.

Después de varios años de intenso trabajo, lo que más deseaban era disfrutar del fabuloso clima de la península ibérica; conocer su arte, su cocina, sus gentes, tomar el estupendo sol peninsular y cumplir de paso una noble misión… la que cambiaría sus vidas para siempre.

María estaba visiblemente embarazada. Es por ello, decidieron meses atrás emprender una nueva vida. Querían dejarlo todo atrás, para centrarse en lo que consideraron era lo más importante.

Querían que sus hijos naciesen libres, sin sus ataduras políticas, ni religiosas; lejos de sus peculiares obligaciones y sobretodo en un lugar diferente, con buen clima y mentalidad abierta. Habían pasado mucho tiempo en un  ambiente de alta presión y control, algo que era incomparable con lo que les venía ahora. Necesitaban algo compatible con la vida familiar; un hogar.

La desolación les había marcado en los últimos años en tierras soviéticas. El clima, extremadamente frio, complicado para María y  sus obligaciones les habían confinado en un desamparado, gélido y frío páramo. Aquello, que en grupo, llamaban “casa”, era una aislada base de investigación de la OTAN, que compartían junto a otros 8 compañeros. En total 10 personas; 8 hombres y dos mujeres, que formaban un elitista equipo de científicos.

La tundra, la soledad y el aislamiento les había dañado, y fué esa situación adversa la que les unió como pareja. Fue ese, el catalizador, de la nueva vida que crecía ahora en ella.

Su paisaje en los últimos meses: nieve, ventisca, sin apenas línea de horizonte y rodeados de baterías, equipos informáticos, almacenes de datos, antenas y osciloscopios. Sus vidas, junto a sus compañeros de equipo, habían quedado supeditadas a estudiar cifras, descodificar mensajes y transmitir recifrados a su central.

Sabían que ellos eran el equipo Alpha y que había un Beta, anónimo, distante y totalmente desconocido para ellos. Quizá un tercero también… ¿Quién sabe?.

A la base Alpha, llegaron con buen tiempo, cielo claro y cristalino.  Pasados los primeros días y en las primeras semanas se perdió la novedad. De repente todo era frío, gris,  mecánico e incluso absurdo, como carente de utilidad.

Después de vivir esa etapa, la llegada en avión a Barcelona, en primavera, fue como la llegada al paraíso; La temperatura ideal. El viento de mar a montaña, por las noches, inundaba la zona del puerto trayendo un suave aroma a sal. La avenida “Rambla de Catalunya” presidida por el parque del  “Tibidabo”, en lo alto de la  montaña, era a todas horas un continuo devenir de personas felices, que tenían todo lo que podían necesitar e imaginar en un radio de cinco manzanas.

Por las mañanas, el aire puro de la sierra de Collserolla, se dejaba caer hacia el mar llenando de oxígeno la ciudad, animando al paseo, a respirar profundamente y disfrutar de las calles. En toda la ciudad el ajetreo de comerciantes y clientes en mercados y pequeñas tiendas de ultramarinos, era incesante.

En pareja, acaramelados, siempre juntos cogidos de cintura o por la mano visitaron juntos bonitos rincones de la ciudad. Dado debían ser pautados y calmados para ayudar a Maria en su gestación, disfrutaban de la ciudad en pequeños desplazamientos a pie.

Día a día la ciudad les enamoraba resultándoles muy acogedora. Sobretodo las calles del centro que veían como arterias, que conectaban edificios repletos de historia y tradición. Los comerciantes amables y serviciales por doquier, dispuestos a hacerles el día fácil y amable. Ellos habían sido bien recompensados económicamente por sus servicios y ello que les llevaba en volandas por aquella encantadora ciudad. “cat: Barcelona es bona, si la bossa sona” era un dicho muy repetido en las ciudades cercanas.

Fueron, sin ninguna duda, unas últimas semanas de embarazo idílicas.

Aquellos gemelos crecían.

Sí! Eran gemelos!.

Ya se escuchaban y abrazaban. Se alimentaban juntos e incluso ya se veían el uno al otro, dentro del vientre de María. María Carbonell.

Lejos de lo habitual para ellos, las dos últimas semanas de gestación, pasaron volando.  Llegaron casi sin darse cuenta, al fin de sus vacaciones.

Lo que ya les quedaba era sencillo, debían bajar hasta Gibraltar, donde tenían una reunión de trabajo, en la cual se les asignaría nuevo destino. Después de su revisión profesional y dadas la circunstancias, viajarían después a Norteamérica, en vuelo privado y acompañados de equipo médico. En Estados Unidos de América, donde la familia de Howard estaba bien afincada, es donde establecerían su hogar.

Ellos, los héroes, sabían tenían que salir; el espacio se estrechaba e intuían algo iba a cambiar en breve. Su madre lo sabía y ellos lo intuían…

Pero entonces, TODO cambió! …


Capítulo 2: “Dolor”. >>> Sigue Leyendo <<<  


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